Ito.

Estoy en Buenos Aires, hace varios años que vengo y tengo una relación con esta ciudad. Paradójicamente la primera vez que vine no me gustó, pero las otras muchas veces me encantó. Tengo aquí una banda de amigos increíble, un hermano, una ahijada que cada vez está mas grande, un par de equipos de futbol que me conmueven, mi único ídolo es Argentino y mi lugar favorito para comer en el mundo está aquí. Esta vez llegué de otro lado, crucé por primera vez el Río De La Plata, viniendo de Uruguay, donde estuve alentando a nuestra selección. Argentina es para mi un lugar magnético, el fútbol, la comida de Pierino, las calles, las cafeterías con mesitas en la vereda, el teatro, la fantasía de poder volver a ver a Román y sobre todo la posibilidad infinita de descubrir algo nuevo en cada viaje.

Vine para hacer un par de shows en el Teatro La Plaza o tal vez haré un par de shows en el teatro La Plaza porque vine, no me queda muy claro todavía.

Ayer mi amigo Ezequiel Churba, extraordinario anfitrión, me invitó a salir en la noche. Se prende la pantalla del celular y estaba el mensaje de Churbita, “baja, estoy en la esquina”. Agarro la baraja me la meto al bolsillo y llamo al ascensor, hace algunos viajes que me quedo acá en el Hotel Plaza Francia, así no jodo a nadie y puedo seguir con mis raros hábitos.Subo al carro y partimos hacia un lugar sacado de una película de Tarantino.

“Hay un Itamae Japones de unos 90 años que trabaja en un garaje en San Telmo, solo atiende a una mesa por noche, y no sabes lo que te cocina hasta que estás ahí. No hay carta, no hay precios y es muy renegón. Habla de todo el viejo, política, cultura, música, pero todo puteando. A mi me llevó la primera vez el flaco Spinetta (si, el verdadero) y se me ocurre que es un lugar muy Plomo”. Con esa descripción yo ya estaba totalmente enganchado, había escuchado de la existencia de ese lugar, como una leyenda, como un rumor, como la historia del viejo que en bicicleta compraba el pescado para atender a sus comensales cada día.

Llegamos, éramos 4 personas, zona oscura del barrio, una reja a medio abrir y en la puerta esperándonos el gran Ito. “La puta que te parió Ezequiel, te dije a las 9, estás 5 minutos tarde”. Entramos a este lugar en donde efectivamente solo había una pequeña mesa, la barra y al costado la bicicleta. Ito preparó para nosotros un poco de Sashimi y con una pequeña sartén apoyada en el fogón que estaba encima de la mesa, nos hizo una carne con verduras. Usó un pomo que guardaba un sillao notable, cada uno tenía un plato hondo con un huevo crudo para remojar la carne y de tomar solo cerveza. Habló de todo, sabe todo, lee periódicos todo el día y tiro algunas frases notables.

“El secreto para vivir tanto es criticar, yo todo criticó, pero no critico por gusto, critico porque todo está mal”.

Ito tiene cancer, un tumor en la laringe que se le complicó, dice que está por morir, no ríe, por momentos se desespera porque le cuesta mucho hablar. Mis 3 compañeros de mesa estaban impresionados de que yo le entendía todo, entre el mal castellano, la sordera y la dificultad propia de la enfermedad, es difícil entenderlo. Conecté con el viejo, le ofrecí un truco de magia y no quiso, me dijo que son pavadas. El no ríe y si lo hace es sarcásticamente. Finalmente cedió, pude pasar atrás de la barra y me enseño su diario personal, sus fotos con Spinetta, se le llenaron de lágrimas los ojos cuando apareció una de su hijo y me pidió que le escriba algo en su cuaderno.

Aproveche y al costado de la dedicatoria dibuje una carta, antes de cerrar le pedí a uno de mis amigos que escogiera una carta del maso y coincidió con la dibujada en el cuaderno de Ito. Su cara se iluminó, sonrió por primera vez y acto seguido me dijo que en Japón también hay magos, que el sabía eso.

Nos fuimos, tengo la sensación que tal vez cuando vuelva ya no estará, tengo la satisfacción de haberle entregado un momento mágico, como el que Ito entrega cada noche en ese escondite de San Telmo.

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